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martes, 28 de agosto de 2012

Valentía

 

Valor: Valentía

Una historia para pensar

Fernando es un niño es un niño al que los demás niños le dicen que es “gallina”, porque no se atreve a hacer ciertas cosas que hacen los demás; le da susto subirse a los árboles, no dice palabrotas y, cuando alguien lo molesta o lo agrede, él prefiere no responder. A veces, cuando alguien le dice algo que le molesta, en vez de responderle, él llora en silencio. Sin embargo, es muy cercano a los animales.
Un día Eduardo, otro niño, un año mayor que él, y de los que más lo molesta, se encontró una mariposa grande en su pupitre y, del susto, pegó un grito: “¡Quítenme ésta porquería!”. Se puso muy nervioso y quiso aplastar la mariposa con uno de sus libros, Fernando, antes de que hiciera eso, cogió la mariposa con sus manos y la sacó por la ventana.

Preguntas de Reflexión:
1.    ¿Cuál de los niños te parece más valiente? ¿Por qué?
2.    ¿Por qué, cuando  consideramos que alguien es cobarde le decimos “gallina”?
¿A que crees que se deba eso?
3.- ¿Conoces a un persona que te parezca muy valiente?, ¿Cómo es esa persona?,
      ¿Qué es lo que más admiras de ella?



jueves, 2 de agosto de 2012

La Oportunidad

¿Cuál es su nombre? Pregunta un visitante,

   en una tienda  en la que se exhibía,

   Entre muchos otros, a un Dios cuyo rostro,

   Estaba oculto entre sus cabellos y tenía alas en los pies

    - La ocasión - Respondió el escultor.

   "¿Por qué tiene el rostro oculto?".- Pregunto de nuevo el visitante

    "Porque raramente es vista por los hombres cuando

    ésta a ellos se acerca." - Contesto el escultor

     ¿Y por qué tiene alas en los pies?"- Indago con interés

    el visitante -

   "Porque llega rápidamente  y

   se va mucho más rápido aún y una

   vez que se ha ido, es imposible atraparla"

   - dijo con énfasis el escultor -

   -La oportunidad no tiene cabellos sino en la frente-

   Dice un autor latino; por detrás es calva.

   - Si tu la atrapas por Delante, podrás retenerla,

   pero si la dejas escapar,

   Ni el mismo Júpiter no podría atraparla-

A ti quién te condena?

 Dos hombres fueron condenados. La sentencia consistía

  en que en un día determinado, en veinte años, serían

  torturados lentamente hasta la muerte.

   Al escuchar la sentencia, el más joven se retorció de

  la pena y del dolor, y a partir de ese día, cayó en una

  profunda depresión.

  "¿Para qué vivir?" se preguntaba, "si de todas maneras

  van a arrebatarme la vida, y de una manera inconcebiblemente

  terrible?"

  Desde ese día nunca fue el mismo. Cuando alguno de sus

  cercanos, compadecido por su estado, le ofrecía apoyo para

  tratar de alegrarlo, respondía rencorosamente diciendo:

   - Claro, como tú no tienes que cargar mis penas, todo te

  parece fácil.

   En otras ocasiones también replicaba:

   - Tú no sabes lo que sufro, no es posible que me

  entiendas...

   Y, a veces, alegaba en voz alta:

   - ¿Para qué me esfuerzo? Si de todas formas...

   Y así, poco a poco, el hombre se fue encerrando en su

  amarga soledad y murió mucho antes de que se cumpliera

  el plazo de los veinte años.

 El otro hombre, al escuchar la sentencia, se asustó y se

  impresionó, sin embargo a los pocos días resolvió que,

  como sus días estaban contados, los disfrutaría.

  Con frecuencia afirmaba:

  - No voy a anticipar el dolor y el miedo empezando a

  sufrir desde ahora.

  Otras veces decía:
 
 - Voy a agradecer con intensidad cada día que me quede.

  Y, en vez de alejarse de los demás, decidió acercarse

  y disfrutar a los suyos, para sembrar en ellos lo mejor

  de sí.

Cuando alguien le mencionaba su condena, respondía

  en broma:

  - Ellos me condenaron, yo no me voy a condenar sufriendo

  anticipadamente y, por ahora, estoy vivo.

  Fue así que, paulatinamente, se convirtió en un hombre

  sabio y sencillo, conocido por su alegría y su espíritu

  de servicio.

  Tanto, que mucho antes de los veinte años, le fue perdonada

  su condena.

Actúa en lo que de ti dependa

Éstas son las palabras de un maestro anciano:
  "Cuando era joven, me dolía el corazón por la
  violencia e injusticia de este mundo. Quería con
  toda mi alma darle un sentido profundo a mi existencia.
  Quería que, al morir, mi vida hubiera servido para
  marcar una diferencia en este mundo, aunque tuviera
  que pagar un precio muy alto para hacerlo.
 Por eso mi oración era:
'Señor, dame la fuerza y la sabiduría para que mi
  vida contribuya a mejorar la adversa situación de
  este mundo.'
 Después, siendo un hombre ya maduro, me di cuenta
  que no había podido cambiar nada, que el mundo continuaba
  igual o peor. Estaba frustrado porque me sentía impotente,
  entonces modifiqué mi oración de la siguiente manera:
 'Señor, ya que no pude cambiar el mundo, dame la fuerza
  y la sabiduría para ayudar a cambiar a mi familia y a
  mis cercanos.'
 Ahora que soy un anciano, me doy cuenta de lo ingenuo
  y arrogante que fui al tratar de cambiar a los demás. En
  mi infancia me enseñaron que todos mis problemas eran
  culpa de otros, que mi felicidad y mi progreso no dependían
  de mí. Cuan equivocados estaban.
 Como derroché mi vida fijándome en los errores de
  los que me rodean, culpando a los otros de mis problemas,
  en vez de enfocarme en reconocer y corregir mis propios
  errores, mi oración ahora es:
  'Señor, dame la fuerza y la sabiduría para aprender a
  ver y a reconocer mis errores, para utilizar mi fuerza
  y mi poder personal, para ser cada día alguien que
  sabe crecer y elegir la acción constructiva en vez de
  la queja."

El Anciano junto al Aljibe

Había una vez un anciano que vivía sentado junto a un aljibe, a la entrada de un pueblo.
Un día pasó un joven y entabló la siguiente conversación con el hombre:
- Discúlpame anciano, nunca he venido por estos lugares, ¿cómo es la gente de aquí?
-¿Cómo eran los habitantes de la ciudad de donde vienes?
-Egoístas y malvados. Por eso estoy contento de haber salido de allá.
-Así son los habitantes de esta ciudad.
Horas después, pasó otro joven. Esto fue lo que hablaron:
-Buenos días, sabio anciano. Soy nuevo por aquí, ¿cómo son los habitantes de esta ciudad?
-¿Cómo son los habitantes de la ciudad de donde vienes?
-Buenos, generosos, honestos y trabajadores. Tenía tantos amigos que me ha costado mucho irme.
-También los habitantes de esta ciudad son así.
Un hombre había escuchado las dos conversaciones y, en cuanto el joven se alejó, le dijo al anciano:
-¿Cómo puedes dar dos respuestas completamente diferentes a la misma pregunta? ¿Eres acaso un hipócrita?
-Mira -contestó el anciano-, cada persona lleva el universo en su corazón. Lo que rodea a una persona, todo el entorno de ella, es un reflejo de lo que hay en su interior. Quien no encuentra nada bueno en su pasado, tampoco lo encontrará aquí. En cambio, aquel que tiene amigos, también aquí los encontrará. Porque las personas son lo que tienen dentro de sí mismas. Continuamente se encuentran con su yo interior.